Es una realidad: la mujer contemporánea está acostumbrada al desgaste. Ya no aparece como una crisis, ni como un gran hito que detenga el tiempo. Sino como ajustes diarios que aprendimos en automático, sin detenernos a cuestionarlos. Aprendimos a movernos cómo la sociedad quiere que lo hagamos. A anticipar reacciones. A corregir la forma en la que hablamos e, incluso, la manera en la que pensamos. Aprendimos a subir la guardia —todo el tiempo, a todas horas— y, con el paso de los años, esos ajustes dejaron de sentirse como una carga para integrarse, silenciosamente, a nuestra rutina.
Y es que, cuando la normalización hace su trabajo, lo que incomoda se vuelve tan familiar que deja de cuestionarse. El desgaste se mezcla con lo cotidiano y se arraiga de una manera tan profunda que se confunde con fortaleza, adaptación o, incluso, madurez. Pero, ¿realmente se trata de corteza emocional o de un cansancio aprendido y normalizado?
Author: aNDREA BAU
Cuando lo incómodo se vuelve cotidiano

El desgaste no es abstracto ni simbólico. Existe, es incómodo y tiene consecuencias visibles, por más que se hayan normalizado con el tiempo. Aparece en los estándares estéticos que exigen cada vez más inversión, desde la depilación definitiva hasta la medicina estética. En el llamado pink tax que encarece productos y servicios básicos.
Se manifiesta en la necesidad constante de evaluar nuestra seguridad antes de movernos por las calles; en la penalización silenciosa que acompaña a la maternidad y la lactancia. Se instala en el tabú que persiste alrededor de la menstruación y en el castigo moral y social que todavía pesa sobre la masturbación femenina. Aparece en sistemas de salud sexual que, aunque sorprenda, no priorizan a la mujer. Y, sí, en la forma en la que el envejecimiento deja de ser un proceso natural para convertirse en una presión constante.
Son capas y capas que se suman y se arraigan día tras día, moldeando la experiencia de habitar un cuerpo femenino dentro de una estructura social que exige adaptación constante. No, lo incómodo no es nombrarlo. Lo verdaderamente incómodo es reconocer cuánto de esto hemos aprendido a aceptar como parte de la vida.
“No, la mujer de hoy no baja la guardia, porque simplemente no puede hacerlO”
– ANDREA BAU
Vivir en estado alerta
Es fuerte reconocerlo, pero vivir bajo estas capas es el modus operandi de la mujer contemporánea. Pensar antes de actuar, anticipar escenarios, corregirse en silencio. La hipervigilancia deja de ser una respuesta ocasional; no por elección, sino por aprendizaje.
No, la mujer de hoy no baja la guardia, porque simplemente no puede hacerlo; ya está adaptada para estar en alerta todo el tiempo. Vivimos en automático, como si se tratara de un guión perfectamente ensayado que ya no necesita apuntes. Editamos lo que decimos y nos ajustamos al espacio como expertas en escenografía. Modificamos nuestra presencia e incluso nuestra energía. Y aunque no siempre se nombra como estrés, el cuerpo lo registra… y ¿la mente? Activa incluso en la quietud.
La ansiedad se convierte en nuestro estado base y el descanso es un concepto completamente superficial… pues “el descanso” no significa dejar de pensar.
El derecho a bajar la guardia
Hoy, hablar de este desgaste no se trata de una queja ni de una exageración; se trata de consciencia. De reconocer que el descanso real no puede existir en un estado permanente de alerta. De cuestionar qué es lo que nos obliga a vivir así y a corregir comportamientos que han sido normalizados. Porque, al final, mientras vivir implique anticipar, correr y actuar, la calma no solo será temporal, sino profundamente frágil.
Intentar cambiar el estereotipo de la mujer contemporánea no es una demanda, es una necesidad básica. Descansar no debería ser un privilegio, sino un estado natural. Y para que eso ocurra, dejar de normalizar el desgaste es el primer paso.

“Vivir en un estado permanente de alerta entrena al cuerpo para resistir, pero le hace olvidar cómo descansar de verdad.”
-ANDREA BAU
La respuesta
No, no se trata de corteza emocional, porque lo que llamamos fortaleza y madurez no es más que cansancio sostenido, aprendido y profundamente normalizado. Hoy, es necesario dejar de confundir resistencia con bienestar y sobrevivir con vivir. Es momento de abrir la posibilidad de bajar la guardia.
No se trata de rendir poco ni de ser menos.
Se trata de, finalmente, descansar de verdad.
