Escena de The Devil Wears Prada 2 mostrando su carácter icónico en la cultura de moda
The Story Lens

The Devil Wears Prada: Una obsesión que va más allá de la nostalgia

Hay historias que permanecen en la superficie. Otras que, simplemente, marcan un punto y aparte en la cultura. The Devil Wears Prada pertenece a esta última categoría. No fue solo una adaptación al cine, fue una propuesta que transformó la forma en la que la moda —y el mundo editorial— se entendían, se aspiraban y se recordaban.

La obsesión colectiva por la película protagonizada por Meryl Streep y Anne Hathaway implica mirar más allá de un solo momento. Tiene que ver con todo lo que dejó: su iconicidad, la nostalgia que activa, la industria que retrató y, sobre todo, la manera en la que convirtió ese universo en algo que se podía entender… y desear.

Quizá por eso su regreso, casi dos décadas después, causa tanta euforia. No llega solo como un guiño al pasado, sino como la confirmación de que todo aquello que mostró sigue resonando hoy; en la era del algoritmo y la cultura digital.Entonces, ¿por qué seguimos obsesionados con The Devil Wears Prada? Aquí se abre la conversación.

Author: aNDREA BAU

Por su iconicidad

La forma en la que The Devil Wears Prada se instaló en la cultura pop fue particular. No se quedó como una simple película dentro del universo de la moda, se convirtió en un punto de referencia constante. Una escena, una frase o, incluso, una actitud nos remonta a algún momento clave dentro de la película. No se necesita explicación, simplemente se reconoce. Y es por eso que es icónica.

Estrenada en 2006 y basada en la novela homónima de Lauren Weisberger (inspirada en su propia experiencia como asistente de Anna Wintour, entonces editora en jefe de Vogue), la película partía de una cercanía evidente con la industria editorial de moda que, hasta ese momento, pocas producciones habían logrado.

Su permanencia, sin embargo, no se sostiene en su récord, sino en la forma en la que tradujo ese universo en imágenes que siguen funcionando como referencia. El monólogo del suéter cerúleo, la mirada contenida y calculada de Miranda Priestly, Emily harta del trabajo o las botas Chanel hasta la rodilla. Escenas que, con el tiempo, dejaron de pertenecer solo a la película para convertirse en códigos colectivos. No es solo algo que vimos. Son momentos que seguimos citando casi dos décadas después.

Personajes de The Devil Wears Prada dentro del entorno editorial de moda

Por la nostalgia

Pero su iconicidad no explica del todo su permanencia. En esa repetición, hay otro factor que también aparece: la nostalgia. Volver a esos momentos y saber exactamente qué viene después.

Parte de ahí es la razón por la cual encuentra una segunda vida. No solo como un lindo recuerdo, sino como algo a lo que regresamos con cierta intención de confort. Una sensación que, sin duda, se activa con más fuerza con el anuncio de su secuela. Desde el deseo de volver a ese universo que ya entendemos, pero que seguimos queriendo ver una vez más. Porque, en el fondo, no se trata únicamente de lo que vimos, sino de cómo se siente regresar a ello.

Miranda Priestly en The Devil Wears Prada como figura icónica de la industria

Por la forma en la que entendemos la moda

The Devil Wears Prada también marcó un cambio en cómo se percibía la moda fuera de la industria. Y es que, en 2006, el acceso a ese mundo era limitado: revistas, pasarelas y una cobertura mediática mucho más controlada. La película funcionó como una primera aproximación a ese entorno, mostrando no solo el resultado final, sino los procesos, decisiones y dinámicas que lo sostienen.

Sí, el libro de Lauren Weisberger ya construía una base sólida. Pero la adaptación de David Frankel terminó por volver ese universo algo vivo y tangible. A través de sus personajes, su tono —entre comedia y drama— y su lectura sobre el trabajo, la ambición y el lugar de las mujeres dentro de la industria, logró traducir una estructura compleja en algo que se podía observar, entender y dimensionar.

En ese sentido, la película no solo acercó la moda, la contextualizó. Mostró que no se trata únicamente de estética, sino de decisiones constantes, de timing y de una lectura clara de lo que está pasando alrededor. Y esa forma de entenderla sigue siendo válida, incluso hoy. Tal vez por eso su secuela también genera tanta expectativa: porque no solo retoma una historia, vuelve a poner en escena una forma de mirar que sigue teniendo sentido.

Escena en The Devil Wears Prada como momento icónico

Por aspiración

Más allá de cómo la recordamos o de lo que nos enseñó, The Devil Wears Prada también construyó algo más difícil de sostener en el tiempo: el deseo de estar ahí. No solo de ver ese mundo, sino de formar parte de él.

Para muchos, fue de las primeras veces que ese entorno dejó de sentirse lejano. De repente, trabajar en una revista, estar en un espacio como el de Runway, entender cómo se toman decisiones y cómo se mueve el día a día… se volvió una posibilidad. No como fantasía, sino como una aspiración concreta. Algo que se podía buscar, alcanzar, incluso imaginar como un camino propio.

Y es que la moda —y, particularmente, su vínculo con el mundo editorial— siempre ha sido aspiracional. Por eso, la película sigue teniendo un lugar especial. Porque, más allá de todo, también representa un momento que la industria reconoce con cariño: el de haber sido, para muchos (incluido parte del equipo de TTT), el primer acercamiento a ese universo.

Bajo esta lectura, queda claro que The Devil Wears Prada no se quedó en su momento. Se mantiene viva, incluso en espacios distintos como la cultura digital. Más allá de la nostalgia, funciona como referencia en un entorno donde todo se consume en fragmentos.

Sus escenas funcionan como clips, sus diálogos como lenguaje y sus personajes como arquetipos que las redes sociales vuelven a posicionar cuando conectan con la conversación. Y, en una generación atravesada por el algoritmo, eso basta para que siga presente.

Este 2026, la película por la que seguimos, en muchos sentidos, obsesionados, regresa con su secuela, The Devil Wears Prada 2. Dirigida por David Frankel y nuevamente protagonizada por Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, se estrenará en cines a partir del 30 de abril en Latinoamérica y el 1 de mayo en Estados Unidos.