El inicio del año suele llegar cargado de expectativas. Dietas, ejercicio, propósitos más saludables, ajustes en hábitos y rituales que prometen de todo: más energía, más enfoque, más control. Enero concentra toda la presión por cambiar, por hacerlo mejor, por convertirnos en esa “mejor versión” de nosotras mismas.
Pero, seamos honestas, detrás de ese impulso de renovación existe un desgaste silencioso que nos hace sentir cansadas incluso antes de empezar. Y es que, aunque el inicio del año suele asociarse con buena energía y la idea de un comienzo limpio, también instala una autoexigencia constante: la sensación de que este mes debería marcar un antes y un después, y que no hacerlo implica quedarse atrás.
Esta pieza propone vivir el inicio del año no como un proyecto de transformación total, sino como lo que tiene que ser: un mes para bajar la presión, ordenar el ritmo interno y entender que empezar también puede ser simplemente continuar.
Author: aNDREA BAU
El cuerpo como proyecto
Enero suele traer consigo una forma de intervención corporal. No desde el castigo explícito; pero sí desde una expectativa: empezar el año “bien” implica transformar el cuerpo de alguna u otra forma. Moverse más. Comer mejor. Beber más líquidos. Dormir distinto. Sentirse realmente diferente.
El problema aparece cuando la intención no parte desde el autocuidado; sino, desde el castigo. Desde el control. De ver al cuerpo como una tarea pendiente y olvidar que descansar también es una prioridad. Culparnos de no haber “empezado” quemando calorías. Exigirnos exigencia y disciplina cuando, en realidad, lo que necesitamos es paciencia.
Es ahí donde aparece el burnout. No como agotamiento físico, sino como una relación tensa con el propio cuerpo; uno que ya no descansa, no escucha, no acompaña. Solo responde.

El trabajo como validación
El burnout de enero también toma presencia en el trabajo. No porque cambien las responsabilidades de un día para otro, sino porque el inicio del año instala una presión específica: más enfoque, más control, más ambición. Debemos ser más productivas, más estratégicas. Trabajar con mayor eficiencia y, si se puede, con mejor actitud.
Las preguntas sobre la identidad profesional ocupan más espacio mental: ¿dónde estoy?, ¿qué debería estar logrando?, ¿voy al ritmo correcto? La comparación aparece y el trabajo se convierte en un espejo donde medimos valor, progreso y corrección, incluso cuando nadie lo está pidiendo explícitamente.
Tal vez la forma correcta de mirar el trabajo en enero no es como un espacio de validación inmediata, sino como un territorio en pausa. Un momento para observar el ritmo antes de exigir resultados, para sostener lo que ya existe sin convertir cada decisión profesional en una prueba.
“Tiempo para bajar la presión y dejar que el ritmo del año se acomode, sin forzarlo.”
La identidad bajo revisión
Enero pone en revisión la identidad y el estado emocional. Aparecen disyuntivas que no siempre se dicen en voz alta, pero que, sin duda, se escuchan como gritos internos. Dinámicas familiares que pesan, conversaciones pendientes con la pareja, amistades que se sienten más lejanas que nunca y emociones que no siempre sabemos cómo nombrar. No porque algo esté necesariamente mal, sino porque el calendario instala la idea de que deberíamos tener respuestas.
¿Estoy donde debería? ¿Esto todavía me representa? ¿Voy tarde?
El burnout emocional aparece cuando intentamos resolverlo todo al mismo tiempo. Cuando exigimos claridad inmediata, estabilidad total y certeza completa. Sin embargo, se nos olvida que cuidar la salud emocional también implica aceptar que no todo tiene una respuesta inmediata y que los errores forman parte del proceso. Que, en ocasiones, vivir sin evaluarse constantemente es el gesto más saludable.

Epílogo
Enero no necesita ser una prueba ni un parteaguas. Necesita ser espacio y tiempo.
Tiempo para bajar la presión, para dejar que el ritmo del año se acomode sin forzarlo. Para formar nuevos hábitos, sí; pero desde un espacio de cuidado y escucha, no desde la exigencia. El inicio del año necesita dejar de ser una lista de correcciones para convertirse en un mes de conciencia. Uno en el que sea posible habitar el proceso sin medirlo todo.
Porque hoy debemos entender que no todo comienzo tiene que ser un punto de transformación.
Algunos solo piden presencia.
