Cortesía de Christian Louboutin
Diopic Maxime Bony / Cortesía de Christian Louboutin
Cortesía de Christian Louboutin
Cortesía de Christian Louboutin
Cassia Annmac Maxime Bony / Cortesía de Christian Louboutin

El ballet es una de las disciplinas más violentas que hemos aprendido a romantizar.


Disciplina extrema, verticalidad forzada, control absoluto del cuerpo y una relación casi espiritual con el dolor, el equilibrio y la resistencia. Para Primavera–Verano 2026, Christian Louboutin no suaviza esa verdad: la desplaza fuera del escenario clásico y la coloca en otro territorio.

El campo de juego.
No como espectáculo deportivo.
Sino como espacio de exposición.

En el Loubi Show SS26, presentado en el Dojo Arena de París, el movimiento deja de ser ornamento y se convierte en sistema. El cuerpo, entrenado, observado, exigido,  se vuelve el punto de cruce entre ballet, atletismo y moda. Bajo la dirección visual de David LaChapelle y la coreografía de Blanca Li, el desfile se construye como una coreografía expandida: cinco actos donde celebración, competencia y nostalgia conviven sin resolverse del todo.

Aquí no hay pasarela.
Hay ritmo impuesto.

El estadio funciona como escenario emocional. Bandas en vivo, animadoras, músicos y cuerpos en sincronía activan una memoria colectiva: adolescencia, pertenencia, euforia compartida. La estética americana del homecoming se cruza con el exceso visual francés, y en ese choque el glamour deja de ser quietud para convertirse en energía contenida, casi vigilada.

En el universo de LaChapelle, lo inesperado no es decoración: es mensaje. Una figura parisina empuja una podadora como si lo cotidiano se volviera gesto simbólico; aparece un caballito de mar, animal fetiche de Louboutin, recordando que incluso en el exceso hay obsesión personal, mito íntimo, una firma que no busca neutralidad. Nada está ahí para tranquilizar. Todo insiste.

La música, a cargo de Asphalt (Milo Thoretton), sostiene esa tensión: romanticismo joven y pulsión física, elegancia y deseo, pasado y presente coexistiendo sin jerarquías claras.

El cierre no avanza.
Se repliega.

Louboutin recupera una de sus piezas más radicales: la Ballerina Ultima (2007). Un zapato que nunca pretendió ser cómodo ni complaciente, sino conceptual. Una extensión extrema del cuerpo en punta. Para SS26, esa idea regresa transformada en Cassia, completamente cubierta de cristales, elevada a objeto casi ceremonial.

No se presenta caminando.
Se presenta sostenida.

Ese gesto, bailarinas cargando la pieza como si fuera una ofrenda,  define la colección Cassia: una línea que toma el ballet no como inspiración estética, sino como sistema de valores. Repetición, control, disciplina. Belleza construida desde la exigencia, no desde la ligereza.

Surgen piezas como Cassia Annmac, que envuelve el pie con la suavidad protectora de las calentadoras de danza; Cassiasticina, precisa y contenida como una zapatilla de punta; y Ruben, la primera traducción masculina de este universo, donde la elegancia no cancela la fuerza, pero tampoco la disimula.

En el contraste entre cristales y estadio, delicadeza y potencia, Christian Louboutin no propone una celebración inocente de la feminidad. Propone algo más incómodo: una lectura del cuerpo como territorio disciplinado, observado, elevado y exigido al mismo tiempo.

SS26 no explica el ballet.
Lo utiliza para hablar de otra cosa.

Christian Louboutin no romantiza el movimiento.
Lo somete a estructura.
Y en ese gesto, convierte el campo de juego en un altar contemporáneo donde la moda deja de adornar el cuerpo paraexigirle presencia