El Palacio de Hierro lleva 138 años formando parte de México. Sin embargo, hay una parte de su historia que quizá no conocías: para entender de dónde viene, hay que viajar hasta Francia. No solamente por los dos hombres que lo fundaron, sino por una relación entre ambos países. Una relación que ha dejado huella en nuestra arquitectura, moda, arte y, sobretodo, nuestra forma de entender el lujo.
Dos siglos después de que México y Francia comenzaran a escribir esa historia juntos, El Palacio de Hierro regresa a sus propios orígenes para celebrarla. L’Art de Vivre Totalmente Palacio reúne arte, moda, diseño y belleza para recorrer algunos de los puntos donde ambas culturas se han encontrado y, todavía más interesante, descubrir cómo esa relación sigue tomando nuevas formas en el presente.

Desde el pasado
Para encontrar el primer punto de encuentro entre Francia y la tienda departamental más famosa de México hay que regresar a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando Joseph Tron y Joseph Léautaud tuvieron una idea en común: traer a México una nueva forma de comprar. Así nació El Palacio de Hierro. Una tienda —en realidad, casi una declaración de modernidad para su época— que, como cuenta su nombre, se levantó en el Centro Histórico de la capital mexicana con el mismo material que vestía las calles de París: el hierro.
Pero la conexión iba mucho más allá de un edificio. Tron y Léautaud formaban parte de una generación de franceses que llegó a México desde Barcelonnette. Un pueblo francés que terminaría influyendo en la manera de hacer comercio en el país. Y quizá ahí está la parte más interesante de volver a esta historia hoy. Porque mucho antes de que existiera L’Art de Vivre, Francia ya estaba escrita en la historia de El Palacio.
Joseph Tron y Joseph Léautaud tuvieron una idea en común: traer a México una nueva forma de comprar. Así nació El Palacio de Hierro.
Francia, reinterpretada
Doscientos años dan para muchas historias. También para que aquello que comenzó como una relación diplomática termine colándose en lugares mucho más inesperados. Este 2026, México y Francia celebran dos siglos de relaciones diplomáticas y comerciales. Y El Palacio de Hierro decidió hacerlo regresando, de alguna manera, a ese origen que también le pertenece.
Así nace L’Art de Vivre Totalmente Palacio. Una temporada que, del 14 de agosto al 29 de octubre, toma El Palacio de Hierro Polanco —mejor conocido como El Palacio de los Palacios— para convertirlo en una especie de punto de encuentro entre ambos países. No solo para mirar hacia Francia, sino para descubrir qué sucede cuando la observamos desde México.
Una experiencia inmersiva que no se limita a celebrar la relación entre ambos países, sino que convierte la moda, el arte, la belleza y la gastronomía en distintas formas de contar una misma historia. Desde exposiciones que regresan al pasado hasta instalaciones que hablan de lo que compartimos hoy y experiencias que juegan con algunos de los códigos más reconocibles de la cultura francesa. Porque si algo deja claro L’Art de Vivre es que, después de 200 años, la relación entre México y Francia difícilmente puede contarse desde un solo lugar. Pero sí desde un mismo espacio: El Palacio de Hierro.


The Selfie Experience: un viaje a París sin salir de Polanco
Hay una parte de L’Art de Vivre en la que la idea de viajar a Francia deja de ser únicamente una metáfora. The Selfie Experience es un recorrido por nueve salas que toma algunos de los lugares y símbolos más reconocibles del país para jugar con ellos desde otro lugar. Y, aunque su nombre podría hacer pensar que todo está diseñado alrededor de una buena foto, la experiencia va mucho más allá.
En cuestión de minutos puedes pasar por las estaciones más emblemáticas del Metro de París, encontrarte frente a Luis XIV o entrar a un espacio en donde la luz se convierte en protagonista, casi como un pequeño guiño a la Ville Lumière. Después aparece Versalles. Una reinterpretación contemporánea de la Galerie des Glaces que multiplica espejos, reflejos y luz alrededor de un candelabro estilo Luis XV de 1910.
Pero el recorrido no termina ahí. La Mona Lisa se encuentra en una esquina, vista desde un pequeño espejo que cambia por completo la manera de encontrarte con una de las obras más reconocibles. En otro instante, La Victoria de Samotracia cambia de color, haciendo un pequeño homenaje a uno de los museos más famosos del mundo: el Louvre. Aunque el punto más inesperado se encuentra al final, donde la realidad virtual permite hacer lo que todo este recorrido lleva prometiendo desde el principio: viajar por París.
Es divertido, sí. Instagrameable, también. Pero, quizá, lo más interesante es que funciona. Porque, aunque sea por unos instantes, sales de una tienda departamental en Polanco sintiendo que acabas de caminar por una versión bastante inesperada de las calles de París.
“De Barcelonnette a México: Una historia de origen” sigue la llegada de esta comunidad y la huella que terminó dejando mucho más allá de El Palacio de Hierro.
De Barcelonnette a México
Después de recorrer París, la historia vuelve a donde comenzó: Barcelonnette. El pequeño pueblo francés del que partieron Joseph Tron y Joseph Léautaud es también el protagonista de una exposición que recupera una parte menos conocida de la relación entre México y Francia: la de aquellos franceses que, a finales del siglo XIX, cruzaron el Atlántico para construir una nueva vida en nuestro país.
De Barcelonnette a México: Una historia de origen sigue la llegada de esta comunidad y la huella que terminó dejando mucho más allá de El Palacio de Hierro. Su influencia alcanzó el comercio, la arquitectura e incluso ciertas formas de entender el estilo de vida en México. De pronto, aquello que comenzó como la historia de dos fundadores se convierte en la historia de toda una generación.

Epílogo
Al final, 200 años no se celebran mirando únicamente hacia atrás. También se celebran descubriendo todas las formas en las que una historia sigue cambiando mientras la seguimos contando. Y la de México y Francia, claramente, todavía tiene mucho por escribir.
Porque si algo demuestra la exposición L’Art de Vivre es que la distancia entre ambos países puede medirse en miles de kilómetros —9,210, para ser exactos— pero, a veces, basta entrar a El Palacio de Hierro Polanco para sentirla un poquito más corta.
