Hay algo revelador en llamar a una fragancia I Will. No I Am, porque no habla únicamente de aquello que eres, sino de lo que decides hacer, de intención, movimiento y voluntad. Para Giorgio Armani, esas dos palabras adquieren un significado particular: más de dos décadas después de la creación de un nuevo pilar dentro de su universo de fragancias masculinas, Armani Beauty presenta I Will, un Eau de Parfum protagonizado por Jonathan Bailey y desarrollado durante cuatro años bajo la mirada del propio Giorgio Armani.
Sin embargo, entender I Will únicamente como un nuevo lanzamiento sería perder una parte importante de la historia, porque Armani lleva décadas cuestionando silenciosamente cómo debe verse un hombre y, ahora, esa misma conversación llega al perfume.

Armani lleva décadas cuestionando silenciosamente cómo debe verse un hombre y, ahora, esa misma conversación llega al perfume.
Primero fue el traje
Cuando Giorgio Armani comenzó a transformar la sastrería masculina en los años setenta, no necesitó destruir el traje para cambiar aquello que representaba; hizo algo mucho más sutil: le quitó rigidez. Desestructuró las chaquetas, suavizó los hombros, aligeró los tejidos y permitió que la ropa acompañara al cuerpo en lugar de imponerle una forma. El poder masculino, hasta entonces estrechamente relacionado con estructuras firmes y siluetas construidas, podía expresarse de otra manera, con autoridad sin rigidez, elegancia sin exceso y una sensualidad que no necesitaba exhibirse para hacerse evidente.
Esa forma de entender la ropa terminaría convirtiéndose en uno de los códigos más reconocibles de Armani y, décadas después, I Will parece partir de un principio similar; solo que esta vez el territorio no es la sastrería, sino el olfato.
Una vainilla para hombre
La fragancia tomó cuatro años en desarrollarse y los perfumistas Nathalie Lorson y Alberto Morillas trabajaron alrededor de 2,800 pruebas antes de llegar a la fórmula final. En su centro colocaron un ingrediente especialmente interesante dentro de esta historia: la vainilla Bourbon.
La perfumería masculina tradicional ha construido buena parte de su identidad alrededor de maderas, especias, cítricos, notas aromáticas y cuero; la vainilla nunca ha estado completamente ausente, pero durante mucho tiempo conservó asociaciones más dulces y tradicionalmente femeninas. En I Will, Armani no intenta esconderla: la vainilla aporta calidez y sensualidad, la bergamota italiana introduce luminosidad, la lavanda y la hoja de violeta construyen una dimensión aromática, mientras las maderas ahumadas y el cuero aportan profundidad.
Lo interesante no es que Armani elimine los códigos tradicionales de la perfumería masculina, sino que modifica la manera en que conviven entre ellos, permitiendo que la suavidad tenga el mismo peso que la estructura y que la sensualidad no dependa necesariamente de la intensidad. Es una operación que, vista desde la historia de la casa, resulta familiar; Armani alguna vez hizo algo parecido con un traje.

Lo interesante no es que Armani elimine los códigos tradicionales de la perfumería masculina, sino que modifica la manera en que conviven entre ellos.
Por qué Jonathan Bailey
Es dentro de esta historia donde la elección de Jonathan Bailey comienza a resultar especialmente precisa. El actor británico se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles de su generación después de moverse entre universos tan distintos como Bridgerton, Wicked, Jurassic World Rebirth y el teatro; sin embargo, su elección parece ir más allá de recurrir simplemente al actor del momento.
Bailey proyecta una masculinidad difícil de reducir a un solo código, capaz de ser romántica y sensual, divertida y vulnerable, pero también segura, sin que ninguna de esas características parezca contradecir a la anterior. Su propia relación con el perfume añade otra dimensión: el actor ha hablado sobre utilizar aromas durante la construcción de sus personajes, casi como una capa invisible de vestuario que le permite acercarse a otra identidad. En una fragancia cuyo nombre habla precisamente de voluntad y de aquello en lo que podemos convertirnos, la conexión resulta particularmente pertinente.
No se trata de suerte
La campaña, dirigida por el cineasta Todd Field, parte de una frase: “It’s not about luck, it’s about will.” Bailey interpreta a un actor enfrentándose a un momento de incertidumbre; la imagen comienza en blanco y negro y gradualmente aparece el color mientras ocurre una transformación que no necesita manifestarse mediante un gran gesto exterior, porque lo que cambia es algo mucho más íntimo: la decisión de avanzar.
Esa contención vuelve a sentirse profundamente Armani. Durante décadas, el diseñador demostró que no todo gesto de poder necesita anunciarse y que la autoridad también puede construirse desde la sutileza; su ropa rara vez necesitó gritar y, aun así, terminó transformando profundamente la manera de entender la elegancia masculina.
Incluso el frasco de I Will conserva esa sensibilidad. Su silueta evita aristas demasiado agresivas y pasa del negro mate hacia la transparencia del cristal, construyendo un objeto alrededor del mismo juego de contrastes que aparece en la composición olfativa: oscuridad y luz, solidez y transparencia, estructura y suavidad.

Armani no suele destruir aquello que existe, prefiere cambiar su equilibrio.
¿A qué huele un hombre hoy?
La pregunta puede parecer sencilla, aunque la industria lleva años intentando responderla. Las fronteras entre la perfumería masculina y femenina se han vuelto cada vez más permeables; los consumidores se acercan al perfume desde los ingredientes, las emociones y los recuerdos antes que desde una clasificación estrictamente binaria, mientras materias primas que alguna vez estuvieron fuertemente vinculadas a un género circulan ahora con mucha mayor libertad.
Las flores dejaron de pertenecer exclusivamente a lo femenino, las maderas tampoco necesitan definir lo masculino y la vainilla puede existir en ambos territorios sin necesidad de justificarse. Quizá por eso I Will resulta más interesante cuando no intenta presentarse como una ruptura radical, porque no lo es y probablemente tampoco necesita serlo.
Lo que hace es participar de una transformación que ya estaba ocurriendo y traducirla al lenguaje de una casa que lleva más de cinco décadas observando los códigos establecidos para intervenirlos con sutileza; Armani no suele destruir aquello que existe, prefiere cambiar su equilibrio.
El gesto final
Existe además una dimensión inevitablemente significativa alrededor de I Will: Giorgio Armani estuvo personalmente involucrado en su desarrollo, desde la dirección olfativa hasta el diseño del frasco, convirtiéndolo en uno de los proyectos que conservan directamente su mirada.
Quizá ahí se encuentra la parte más interesante de esta historia, porque un diseñador que cambió la manera en que los hombres podían vestirse participó, décadas después, en una fragancia que vuelve a plantear una pregunta sobre cómo puede representarse la masculinidad.
No mediante la eliminación de los códigos anteriores ni proclamando una revolución, sino modificando delicadamente sus proporciones, dejando entrar un poco más de suavidad y haciendo que la fuerza necesite cada vez menos armadura. Primero fue un traje; ahora es un perfume.
